JONATHAN BARBIERI
Por, Víctor Armando Cruz Chávez
NOTICIAS (OAXACA, Oax.) 23 Septiembre de 2004 – Cultura, primera plana
Su concentración es nerviosa al momento de pintar. El ir y venir de sus piernas, alejándose y acercándose al cuadro, me recuerda el movimiento incesante de los panaderos sobre su amasijo. Veo su manejo soberbio de la espátula, acentuando un gesto de los personajes, definiendo los detalles fundamentales de los seres que pinta. Después de periodos casi extáticos en que ha acometido el lienzo, vuelve a su silla. Entonces su silencio es frío, plagado de preguntas para sí mismo. Y sé que en esos momentos la férrea autocrítica desmadeja cada trazo para valorarlo, para percibir la dimensión de lo creado.
Hombre de casi dos metros. Oriundo de los Estados Unidos, casado con Guadalupe Arredondo y padre de dos muchachas oaxaqueñas. Pronto reconozco su dominio del idioma español, en el que los yerros sólo se manifiestan en el uso del subjuntivo y, en menor grado, en la concordancia de género. Español coloquial en donde a veces afloran las vocales alargadas del idioma inglés. De cuando en cuando paso unos minutos en su estudio. Procuro no ser yo quien propicie el diálogo. En sus momentos de más abstracción permanezco mudo para no interrumpir el flujo de sus ideas. El cuadro empieza a abrir sus alas, a convertirse en una realidad autónoma, a plantear interrogantes. En un momento dado empiezan a fluir las palabras. Jonathan Barbieri y yo compartimos opiniones sobre los avances de la obra. Sopesa mis opiniones. Veo que le resulta grato el entrecruzamiento de ideas. Se percibe su entusiasmo al constatar que lo que ha pintado, que acaso aún tiene algo de embrionario, es capaz de despertar comentarios polémicos.
Fuimos vecinos fugazmente. Por cuatro meses me instalé en un pequeño departamento contiguo a su casa. No éramos amigos aún, pero los encuentros esporádicos en la calle sirvieron de mucho. Una de nuestras primeras conversaciones fue en torno a Noticias del imperio, la monumental novela de Fernando del Paso, que él recordaba con asombrosa nitidez. En esas charlas conocí a su familia y aprecié su aptitud para guisar. Conocí su inteligencia efusiva, constaté su conocimiento de la cultura mexicana, supe de su desdén por formas pictóricas que obedecen más a modas locales que a búsquedas estéticas genuinas.
Su obra está emparentada con una parte sórdida de la realidad. Muchos de sus personajes parecen estar provistos de una máscara grotesca donde hay el gesto horrísono del desencanto, la ironía o la hipocresía. Pero no es así. No son carátulas que ocultan rostros. Son los rostros genuinos de hombres y mujeres: ésos despojados de la farsa cotidiana con que nos desenvolvemos ante los otros.
Hay en Barbieri un afán introspectivo que inevitablemente otorga a su pintura un carácter subterráneo. Con ello quiero decir que lo que sus personajes muestran es lo que subyace en sus capas geológicas más esenciales. Son modelos humanos con sus respectivos linajes psicológicos.
De estas representaciones se deriva una reciedumbre visual que ofusca y perturba. Son cuadros que demandan el cortejo del intelecto. Que piden el diálogo sutil de la intuición. Que exigen un poco de nuestra sangre vivencial para entregarnos su significado.
Una mañana estuve en su estudio. Había bosquejado en el lienzo un rostro de mujer. Era un rostro bello que ponderé en su momento. Al día siguiente ese rostro se había transformado en la cabeza cortada de un cerdo que pendía de un gancho sanguinolento. Me consterné ante esa metamorfosis. ¿Qué determinó esa brusca decisión?
Este hecho me hace pensar que el capricho y la búsqueda estética tienen fronteras ambiguas. Me hace pensar en los efectos que puede propiciar en una obra la incorporación de elementos aparentemente ajenos al “tema” del cuadro. Esto viene al caso porque, recurrentemente en las pinturas de Barbieri, aparecen seres animalescos o antropomorfos que están ahí para romper una unidad visual, para representar algo intangible, para alegorizar, para hacer del cuadro un fragmento de realidad en el que han sido vaciados esos monstruos y quimeras agazapados en el inconsciente colectivo.
Es común que en los segundos planos, cuando los personajes principales han sido definidos, Barbieri trace pinceladas violentas como fondo; pinceladas generalmente hechas con colores fríos. Atmósfera álgida buscada ex profeso. La pintura escurre detrás de los personajes. Gotas de óleo, gotas que sangran una concepción tortuosa de la naturaleza humana, de la naturaleza del arte.
Ambos preferimos un recodo de la ciudad en donde fluye pacíficamente la noche y la conversación: el bar de don Enrique, en una discreta calle cercana al barrio de Xochimilco. El mezcal ahí es bueno, lo reconozco. Sin embargo, aunque lo paladeo y dirimo en calidades, no soy bebedor de mezcal. No soy de los que le confieren a esta bebida un aura romántica. No obstante admiro a quienes son capaces de beberlo y ser inmunes a sus súbitos coletazos. Los dos metros de Jonathan Barbieri aminoran el efecto ponzoñoso del mezcal. Mientras él bebe el producto oaxaqueño, yo me conformo con cerveza.
Discutimos sobre pintura, sobre literatura. Creo que a los dos nos seduce el arte que desmitifica. Y más en un entorno en donde estamos saturados de mitos y de la representación de éstos ya no como recurso estético sino como estrategia de mercado.
No se lo digo, pero lo pienso: lo siento un brillante creador casi sofocado entre la marejada de localismo que impregna la pintura de los más famosos de estas tierras. Su pintura impacta en el ser; es un desenterramiento del ser. Es una pintura tan abismalmente separada de los retruécanos folclóricos de pintores con mucha menor talla artística e intelectual que él. Quizá sea Manuel de Cisneros el único pintor oaxaqueño que comparta con él esa sofocación. Pondero la lealtad de Jonathan Barbieri a una forma de hacer arte. Encomio su coherencia como pintor y como hombre que camina en un entorno mercadotécnico a veces hostil.
“A mí me seducen los escritos polémicos y no las canonizaciones artísticas”, dijo alguna vez Luis Cardoza y Aragón. Y este texto no pretende canonizar. Ni es un ejercicio literario. Es el acto intimista de definir para mí. Es volcar las palabras luego de una inmersión en una obra controversial y rabiosamente humana. Para dimensionar y calibrar una representación contundente de la realidad que proviene de una sensibilidad alta en todos los sentidos.
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